El cáncer ha podido con Sydney Pollack, uno de los grandes directores
de la década de los ochenta. Nació en Lafayette, Indiana, de donde se
trasladó a Nueva York para forjar su carrera teatral. De 1954 a 1960
estudió y enseñó interpretación e intervino en varios montajes de
Broadway. De 1960 a 1965 dirigió más de 80 espectáculos de televisión y
ganó varios premios Emmy como preludio de una sólida carrera que le
acabaría dando dos Oscar (mejor director y película) por Memorias de África.
Después de un irregular comienzo como director de cine, fue nominado al Oscar en 1969 por Danzad, danzad, malditos, también premiada en los festivales de Cannes, Bruselas, y Belgrado. Realizó varias películas protagonizadas por Robert Redford, entre ellas Las aventuras de Jeremiah Johnson (1972), con la que obtuvo un gran éxito de crítica que se repetiría en el filme Tal como éramos (1973).
En la década de 1980 destacó por Ausencia de malicia (1981), con Paul Newman, y Tootsie (1982), con Dustin Hoffman, película que obtuvo 10 nominaciones al Oscar. En 1985 ganó por duplicado este galardón (como productor y director) por Memorias de África, protagonizada por Robert Redford y Meryl Streep. Otras películas de su filmografía son Yakuza (1974), El jinete eléctrico (1979), The Firm (La tapadera) (1993), Caprichos del destino (1999) o La intérprete (2005), su última película como director. Como actor ha intervenido en un gran número de producciones, como la propia Tootsie, Maridos y mujeres (1992, de Woody Allen) o Eyes Wide Shut (1999, de Stanley Kubrick).
En los últimos años se centró en el campo de la producción para el que hizo films como Sentido y sensibilidad (1995), El talento de Mr. Ripley (1999), Iris (2001), El americano tranquilo (2002), Cold Mountain (2003) o Michael Clayton (2007), por la que recibió su última candidatura a los Oscar, esta vez en la categoría de mejor película.
Este viernes se estrena en España su último trabajo como actor en el papel del padre de Patrick Dempsey en La boda de mi novia.
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Arriesgada en su concepto, Wall-E, sin embargo, cuenta con una banda sonora poco atrevida. Thomas Newman ha recurrido en a lo que mejor se le da hacer, que es crear atmósferas sonoras con melodías que dejan más bien la sensación de que más bien el
compositor está dando rienda suelta a su experimentación habitual. Pese a ser una de las mejores
partituras del año hasta el momento, da la impresión de que Newman
podía haber trabajado otros matices.
Veo con ilusión como ya empiezan a colocarse las candilejas de este escenario remozado para la ocasión pero con la veteranía de haber visto pasar mil y una historias a través de 80 años de vida. No siempre se ha escrito la vida en el mismo lugar, pero siento como si el escenario hubiera sido siempre el mismo.