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Veo con ilusión como ya empiezan a colocarse las candilejas de este escenario remozado para la ocasión pero con la veteranía de haber visto pasar mil y una historias a través de 80 años de vida. No siempre se ha escrito la vida en el mismo lugar, pero siento como si el escenario hubiera sido siempre el mismo. Entro y oigo entre bambalinas las risas de jolgorio en una cena hotelera de 1928 en la que como mero divertimento de una incipiente industria de cine se entregaban unos premios, en ese momento nada prestigiosos, entre canapé y copa champagnera. Hace calor fuera, pero aquí se está muy confortable. La brisa del tiempo es la mejor compañera y en su aire trae toda una vida de recuerdos que sólo puede vivir un teatro de los de siempre...
Se sienten las lágrimas del eterno derrotado, la emoción de la estrella consagrada, el orgullo del actor que se hizo a si mismo, el guionista oculto bajo un seudónimo al que no le salen las palabras, el fotógrafo iluminado por la emoción, el compositor que siente en su corazón una fanfarria victoriosa de satisfacción, la actuación musical eléctrica, el extra desnudo, la india que mandó todo un Padrino, el italiano histriónico que saltaba entre las butacas, el hombre del bombín y del bastón que recibía la ovación de toda una vida, la quiniela fallada, el recuerdo de toda una carrera, el vestido glamuroso, el trapo ridículo, la eterna ceremonia, el recuerdo amargo, la película que marca una década...
Cuantas historias vividas en 80 años de leyenda. Mucho que contar de lo vivido y de lo que vendrá ya que todo bebe de la estadística del pasado. Las candilejas ya se encienden y buscan desde la leyenda más conocida hasta la anécdota más curiosa. Me pondré aquí en el escenario, el telón hace sus primeros y paradójicos sollozos de alegría antes de abrirse. Siéntate, amigo, fiel lector, afortunado espectador de tantos momentos que han marcado el escenario de leyenda de los Oscar. Yo estaré aquí, quiero recordar contigo ahora que las candilejas ya iluminan el escenario...
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