El
Intercambio es la nueva cinta del legendario
director y actor Clint Eastwood. Basada en hechos reales, cuenta la historia de
Christine Collins, una mujer que tras la desaparición de su hijo, se enfrenta a
la corrupta policía de Los Angeles en la década de los veinte. El maestro Clint
pone música a la cinta como ya es habitual en sus películas. Pese a su paso triunfal por Cannes, la película ha
sido recibida con una mirada fría y distante por parte de la crítica americana,
que cada año, para el que escribe se polariza más. Y si no que me digan como
películas como Wanted consiguen
mejores críticas que Expiación. Como
todos sabemos, muchas veces, la originalidad de cierta prensa se basa en
cuestionar determinados éxitos. De cualquier forma, o quizás por eso, a Clint
le dejan sacar dos películas a la vez en el mismo año, para que se queden a
gusto criticándole una y luego le reconozcan el mérito con la otra.
Excentricidades de la crítica americana aparte, también se lleva lo suyo de la
prensa dedicada a la música de cine que no soporta su intrusismo en el campo.
Clint Eastwood, en su afán de compromiso absoluto sus propios filmes, actúa como
productor, director pero también como compositor aunque en esta labor siempre
es ayudado por su mano derecha Lennie Niehaus.
El
Intercambio cuenta con dos grandes
puntos a su favor. Su gran tema principal y la magnífica orquestación. Eastwood
normalmente pretende con su música que el espectador identifique su película
con una determinada melodía de forma que cuando uno salga del cine recuerde
algo más que las imágenes. Esto es nada más y nada menos que la demostración de que
Eastwood conoce al espectador como nadie y que su faceta de cineasta es
inmensa. Realmente, es un recurso muy utilizado por los grandes compositores
que se recrean en utilizar una sola cue como emblema musical de un filme. El
ejemplo más claro de ello es el gran mismo maestro John Williams. Pero Eastwood no es John
Williams, ni tiene su tiempo. Hay compositores que crean grandes temas (no sólo
uno) y construyen con ello una experiencia musical más allá de la cinta y otros
como Eastwood, que conscientes de sus limitaciones, hacen lo posible por
componer buena música para su película y punto. Esto no es algo malo. Quizás es
precisamente lo que hace que sus trabajos no sean malos, ya que es obvio
que Eastwood además de componer estupendas melodías sabe captar el sentimiento
de las imágenes a través de sus delgados dedos en el piano. Y nadie puede negar
que sus melodías casan perfectamente con sus largometrajes. Probablemente lo que le
falta es la experiencia musical que tienen sus colegas de profesión pero
talento desde luego no podemos decir que no tenga.
Centrándonos en la banda sonora, sus dieciséis cortes
son temáticamente bastante semejantes y cortos. La mayoría versionan un largo
tema central que se puede escuchar completo en Main Titles o en los End Titles y que es interpretado a piano, guitarra y otros
instrumentos de viento y cuerda a lo largo del compacto. Aquellos cortes que no
tienen que ver con esta melodía son contextuales pero bastante eficientes.
Entre ellos destaca por su buen ritmo I
Won’t Sign It. Este score, como
buena parte de los últimos de Eastwood, infunde un espíritu de nostalgia y
amargura, opresión y angustia que sin duda fortalece y da un cariz característico a
las imágenes. Como puntos negativos, obviamente, está la falta de una variedad
musical así como una cuidada estructura en el compacto.
Cerrando la crítica, la música de Eastwood
indudablemente reabre la polémica de, ¿hasta qué punto se debe valorar una
banda sonora por sus aptitudes musicales y hasta qué otro por su servicio a las
imágenes? Yo veo en Eastwood mucho de lo segundo pero también sé apreciar de lo
primero. A ver si os creéis que el doblemente oscarizado Gustavo Santaolalla es
mejor compositor que Clint Eastwood porque yo me pregunto ¿quién de los dos ha
contribuido más a crear melodías inolvidables para el cine?
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